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La historia bíblica de Jonás y la ballena toma hechuras hollywoodenses en esta película, si bien, adapta la exitosa novela homónima del escritor estadounidense Daniel Kraus. Eso se traduce en un filme que entretiene a base de encadenar situaciones límite con las que quiere trasladar al público las angustiosas sensaciones del protagonista. Además, le otorga especial relevancia a la difícil relación paternofilial que pesa en su conciencia. La combinación entre el thriller de supervivencia y el drama familiar funciona salvo cuando se aplican ciertas licencias que rozan lo ridículo.
Jay Gardiner regresa a casa, en California, tras la muerte de su padre, con el que siempre mantuvo enormes diferencias. Era un hombre rudo, a quien nunca supo entender y que, después de enfermar gravemente, decidió suicidarse arrojándose al mar. Ahora se cree en deuda con él y piensa que la mejor manera de saldarla sería recuperar sus restos. Por eso, aprovechando las numerosas lecciones de buceo que le dio, se sumerge en las profundas aguas del océano Pacífico. Ignora el peligro al que se expone.
El desarrollo responde a una estructura muy estudiada. Dedica treinta minutos exactos a los preámbulos, poniendo énfasis en los recuerdos que marcaron la infancia y adolescencia de este joven universitario. A continuación, sorprende con una escena impresionante que nos lleva al nudo del relato. Se intuye la planificación realizada para aumentar el impacto visual, lo que alcanza a su calculada cadencia.
Centrada la acción, liga circunstancias extremas, con acierto desigual, que consiguen mantener el interés. Oxigena la presión recurriendo intermitentemente a flashbacks con los que procura dotar de sentido al propósito del personaje. Sin embargo, llega un punto en que los reemplaza por diversas ensoñaciones. Se excede al emplear este recurso que matiza su autenticidad. Busca despertar unas emociones que solo afloran con fuerza en los últimos instantes.
El director Brian Duffield, guionista de la olvidada Underwater (2020), debió fijarse mucho en aquel rodaje, ya que la factura técnica no ofrece objeciones. Acerca al espectador a una excitante y agónica experiencia inmersiva. Los efectos digitales tampoco merecen ningún reparo, al contrario.
Austin Abrams, que aparecía en Resident Evil, vuelve a lidiar con adversidades terroríficas y da la talla en un registro sensiblemente distinto. Josh Brolin (Sicario, La constelación del perro) ejerce nuevamente de tipo duro y acredita el dominio total del papel. Apenas le queda espacio a la veterana Elisabeth Shue (Karate Kid, Leaving Las Vegas), hace tiempo alejada de la gran pantalla.